Ficha Técnica

la civilización de la leche y sus efectos

La Ciencia de la Nutrición

Tal como ocurriera con El Cáncer, El Niño Enfermo y Prandiología Patológica, vuelve a ver la luz otro de los trabajos memorables de Arturo Capdevila. Los amigos de Editorial Buena Vista han reeditado este volumen en el cual Capdevila arroja más evidencias, a partir de la ciencia nutricional, sobre los nocivos efectos de la cultura láctea en la salud pública. Reproducimos a continuación el prólogo de la obra, escrito por Laura Gutman, prestigiosa autora de libros sobre maternidad y lactancia.

El presente libro escrito por Arturo Capdevila -no sólo un hombre visionario, sino increíblemente sensato- describe con absoluta seriedad, contundencia y decisión, algo que es totalmente evidente e inobjetable: estamos cada vez más enfermos. Y una de las principales causas es la ingesta de leche de vaca. Sí, la bendita Leche de Vaca que ha adquirido un ranking de aceptación en Occidente desproporcionado en relación a sus virtudes y basado en creencias absurdas y contrarias a la naturaleza.

Insólitamente, aunque la maravilla de Internet nos permite acceder fácilmente a todo tipo de información, subyace una barrera infranqueable: El miedo a asumir un pensamiento autónomo que nos obligue a salir del surco, a apartarse de ese sendero que “todos” caminan y del que nos da terror alejarnos por miedo a ser abandonados. Lo más llamativo es que no sabemos quiénes son “todos”. Pero sentimos el peso de ese “todos” que determina, impone y dicta qué vida vivir, qué pensar, qué comer, qué comprar y qué valores asumir. Luego algo tan sencillo como ponernos las manos en el corazón, atender nuestro gusto y nuestro olfato, registrar nuestros rechazo natural hacia ciertos alimentos, y sobre todo, observar el desequilibro corporal y anímico, nos resulta una tarea demasiado valiente, cuando en verdad, debería ser una costumbre cotidiana y simple.

Este libro ha sido escrito en 1960. Hoy, 50 años más tarde, las cosas han empeorado notablemente. La industria láctea y el marketing, la vorágine de la vida cotidiana, la industrialización de casi todo lo que comemos y el aumento en el consumo de cuidados médicos y farmacológicos, nos encuentra a todos un poco más enfermos, más agotados y distanciados de nuestro ser esencial. Tristemente, los recién nacidos que generalmente llegan al mundo en un equilibrio perfecto, lo pierden más rápidamente que en épocas pasadas, intoxicados con leche de vaca. ¿Acaso la leche de vaca es una pésima comida? En verdad es un alimento perfecto para los terneros que comerán pasto y llegarán a pesar 400 kilos, pero sustancialmente diferente a la leche humana, alimento sagrado que privilegia el desarrollo de la inteligencia y que facilita la relación amorosa y armónica entre la madre y el niño, para la entrada de éste al mundo terrenal.

La prueba de la toxicidad de la leche de vaca en el niño humano es que casi todos vivimos nuestras infancias repletas de mocos. Sin embargo, estas escenas se han vuelto tan banales, que ni siquiera registramos que estamos enfermos. Después de muchos años de enfermedades no registradas, con el agregado de antibióticos y antifebriles consumidos sistemáticamente, los niños que luego devenimos jóvenes o adultos nos encontramos “a punto” para desarrollar enfermedades complejas, como consecuencia del agotamiento corporal. Ninguna enfermedad aparece repentinamente, sino que se va gestando y emitiendo señales con la esperanza que regresemos a nuestro eje original, para atender intuitivamente aquello que cada uno de nosotros sabe que está en concordancia con nuestra salud.

La Leche de Vaca -que los niños al principio de la vida rechazan espontáneamente- necesita sostenerse a través de un bombardeo de publicidad permanente. Basta observar cualquier canal de televisión con programación infantil, y constataremos que casi toda la propaganda gira en torno a los yogures, postres lácteos, flanes, y cremas, asociados a los personajes o juguetes del momento. Si fuera un producto que los niños comieran espontáneamente, no habría que invertir esas enormes cantidades de dinero para lograr su venta.

La responsabilidad sobre la exagerada aceptación que tiene la Leche de Vaca y el mentiroso concepto sobre sus cualidades saludables y nutritivas, reside en la ignorancia médica. Sumado al poder que todos delegamos en el “supuesto saber” médico, terminamos organizando entre todos una fantasía basada en la nada misma, pero que no es inocua. Al contrario, nos enferma, incuso gravemente. Y una vez enfermos, resulta que ni siquiera tendríamos que gastar un centavo en remedios, sino que bastaría con dejar de ingerir aquello que es veneno para el cuerpo y perdición para el alma.

El poder de la cultura, de las costumbres y del surco por el que colectivamente andamos es tan grande, que los actos más sencillos y practicables, se tornan invisibles. La sustancia blanca y contaminante que ingresamos en nuestro cuerpo varias veces por día, todos los días, durante todo el año, que nos enferma y nos mata, desaparece ante nuestros ojos. No la registramos. A mi criterio, Arturo Capdevila es quien nos alcanza las evidencias más evidentes, las pruebas irrefutables, las certezas palpables, la innegable realidad que no podemos dejar de ver. A menos que decidamos tapar el sol con las manos, y creer que la luz nos ha sido negada.

El “mensaje prandiológico” que nos ofrece Arturo Capdevila, es de una generosidad infinita, ya que nos muestra la sencillez con la que podemos regresar a nuestra naturaleza y por ende, a la salud, que nos pertenece tanto como la vida. Sus palabras son honestas y repletas de evidencia científica. Es más, son urgentes. Arturo Capdevila nos habla de “la hora del desastre” y no es una exageración, sino que es un llamado a que cada uno de nosotros mueva una pequeña pieza personal, al menos para darnos cuenta que todos somos capaces de vivir la vida forjando el arte de estar sanos.

Si no lo hacemos por nosotros, al menos hagámoslo por nuestros hijos, y por los hijos de nuestros hijos. Corramos los velos del miedo y dejémonos llevar por las evidencias. Asumamos el sentido común de las cosas simples. La salud física y espiritual nos han sido dadas. En vez de perder un precioso tiempo cuidándonos a nosotros mismos por enfermedades que nos tienen atrapados y distraídos, necesitamos estar sanos para elevar el pensamiento, generar actos creativos y ofrecer nuestras virtudes a la humanidad, que para eso hemos encarnado.

Laura Gutman