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Ley de obesidad

Nunca atacamos la causa

El tema de la ley sobre la obesidad, y el consecuente debate sobre "quién paga los daños", deja incólume a la causa profunda del problema: los pésimos alimentos que consumimos, los pésimos hábitos alimentarios y la pésima cultura depurativa. De esto, ni una palabra, pese a que debería ser política de estado e interés común. ¿O acaso los costos del desorden no los terminamos pagando entre todos? Compartimos con ustedes un poco de humor cordobés sobre el tema, mediante un articulo aparecido en La Voz del Interior de Córdoba, que entre broma y broma, cita lo que hacen otros países al respecto... y lo que deberíamos hacer en estas latitudes...


Todo por un kilo

Se aprobó la ley de obesidad, pero con un fláccido porvenir. ¿Cuándo empezó la gordura a ser un problema? ¿Se soluciona con una ley?

La obesidad es un pecado desde tiempos bíblicos; comer manzanas es pecado, la gula es pecado, los banquetes son pecado. En la Edad Media, cualquier cosa asociada al cuerpo se miraba con sospecha, pues nada más cerca del diablo que aquellas mujeres voluptuosas, esas de tiernas carnes colgantes que incitan a compartir el menú.

El ayuno, en cambio, suele ser para las religiones un símbolo de santidad. Quizá por eso, hasta principios del siglo pasado la obesidad y sus exponentes, para el vulgo ateo y lujurioso, era más un signo de lozanía que una patología o señal de decadencia.

En el Éxodo de Egipto, cuando Moisés logra que caiga maná del cielo, no faltan los pretenciosos que se quejan por el exceso de hidratos de carbono y le ruegan al Altísimo que baje aunque sea una ensalada César. El Señor decide castigarlos, ya que si en 40 años de travesía por el desierto no habían aprendido a decir “ensalada” en hebreo, menos lograrían poner un restaurante decente en Canaán.

Eso y la prohibición del cerdo sumirán a la cocina judía en el ostracismo por mucho tiempo; al menos hasta la aparición de los arenques a la crema en Europa del Este, y de Schimmel –el rey de los knishes– en Nueva York.

Algunos ya rastrean orígenes del conflicto en Medio Oriente en la pelea por los aderezos que debía llevar un buen humus, ya que algunos sectores se inclinaban por el aceite de oliva con pimentón, mientras que otros por el explosivo plástico.

De todos modos, para los árabes del lugar la gordura no era un estigma, ya que detrás de esas holgadas túnicas no se veía nada. Además, no había problema en conseguir talle.

Más cerca de aquí, con la conquista de América, las cosas empezaron a cambiar: los españoles se esmeraron en cuidar la figura de nuestros aborígenes con 16 horas diarias de ejercicio físico obligatorio. Por las dudas, el general Julio Argentino Roca cortó el problema de raíz, no fuera a ser que engordaran.

El marxismo renovó el debate sobre la obesidad: ¿Gordura y delgadez son las dos caras del materialismo? ¿Se necesitan mutuamente para que avance la historia? ¿Cómo se entrelazan la moral burguesa con la hamburguesa?

La era de la TV resolvió esa discusión con más dialéctica: las modelos empezaron a contratar sobrevivientes del Holocausto para que las asesoren en nutrición.

Hoy, la discusión está saldada: la única forma que tienen los gordos de aparecer en TV es... en un programa sobre gordos.

Cuestión de pesos. Todavía estamos lejos de problemas como los que tiene Estados Unidos, donde la mitad de la gente no puede ver si se puso los zapatos del mismo par y uno de cada cinco ni siquiera puede ponérselos.

De todos modos, el Congreso argentino aprobó hace días la ley de Obesidad, para que quienes padecen esta enfermedad tengan un extenso catálogo de todo lo que las obras sociales no podrán o no querrán brindarle.

En este punto, hay un gran interrogante: según la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, casi la mitad (20 millones) de la población argentina padece sobrepeso. De ese total, 30 por ciento (seis millones) es considerado obeso y entre uno por ciento y tres por ciento (60 mil a 180 mil) tiene hiperobesidad.

Los expertos consideran que entre 20 y 30 por ciento de ese grupo (12 mil a 54 mil personas, según la cifra que se tome) necesita una intervención quirúrgica (by pass gástrico), cuyo costo oscila en torno de 20 mil pesos.

Más allá de este cálculo caprichoso y quizá alejado de la realidad –que en el peor de los casos supera los mil millones de pesos–, las principales críticas a la ley señalan que poco se pensó de dónde saldrán estos fondos o qué otras medidas se implementarán en materia de política nutricional.

Es cierto que muchas de las prepagas deberán pagar ahora el precio de haberse negado antes a afrontar tratamientos mucho más simples y económicos a afiliados obesos que de verdad los necesitaban.

De todos modos, casi no hay países del primer mundo con leyes sobre obesidad. En el Reino Unido, por ejemplo, hace una semana se aprobó un subsidio, pero para que los comercios ofrezcan a mejor precio productos orgánicos y saludables: algo mucho más barato que las consecuencias que la mala alimentación tiene para el sistema sanitario.

En Francia se propuso aumentar los impuestos a los alimentos que engordan. En otras regiones de Europa, se incorporó la educación nutricional a la currícula escolar y los países nórdicos fomentan la actividad física de los niños con “corredores de seguridad” para que vayan caminando a la escuela.

De allí la polémica que surgió luego de la aprobación de la ley argentina, a la que ven con desconfianza expertos, empresas y funcionarios de Salud.

Para arreglar las contradicciones, se convocará a todos los sectores a una mesa de concertación, apenas se pongan de acuerdo si el coffe break incluirá medialunas de grasa o de manteca.

Fuente: Edgardo Litvinoff - elitvinoff@lavozdelinterior.com.ar - Domingo 17 de agosto de 2008


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