Libros Relacionados

Bouffier

Ejemplo de vida

Para que el carcter de un ser humano revele cualidades verdaderamente excepcionales, es necesario tener la suerte de poder observar sus acciones durante muchos años. Si esta accin est despojada de todo egosmo, si la idea que la dirige es de una generosidad sin precedente, si es absolutamente seguro que no hay en ella una bsqueda de recompensa, y que, sobre todo, ha dejado huellas visibles sobre el mundo, estamos, sin riesgo de errores, ante un carcter inolvidable. Vaya esta historia como homenaje a los hombres de temple y como estmulo para los dbiles de nimo.

Hace unos cuarenta años -1913- realic un largo viaje a pie por las alturas montañosas, absolutamente desconocidas por los turistas, de esa vieja regin de los Alpes que penetra en la Provenza, al sur de Francia. Fue entonces cuando emprend mi largo paseo por esos desiertos, landas desnudas y montonas, de unos 1200 a 1300 metros de altitud. Slo crecen all las lavandas silvestres.

Atravesaba la regin en toda su extensin y, despus de tres das de marcha, me encontr en medio de una desolacin sin precedentes. Acamp cerca de un esqueltico pueblo abandonado. No haba encontrado agua el da anterior, y necesitaba hallarla. Esas casas aglomeradas, aunque en ruinas, me hacan pensar que una vez debi de haber all una fuente o un pozo. Haba una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas, sin techo, rodas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario derrumbado, estaban dispuestas como las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida haba desaparecido.

Era un buen da de junio con un gran sol, pero, sobre estas tierras sin reparo y alzadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus rugidos en las carcasas de las ruinas eran los de una fiera molestada mientras come. Me fue necesario levantar campamento. A las cinco horas de marcha de all, no haba encontrado agua ni nada que me pudiera dar la esperanza de encontrarla. Por todos lados la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. Me pareci distinguir en la lontananza una pequeña silueta negra, erecta. La tom por el tronco de un rbol solitario. De cualquier modo, me dirig hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas acostadas sobre la tierra ardiente descansaban alrededor de l. Me hizo beber de su cantimplora y, un poco ms tarde, me condujo a su refugio, en una ondulacin de la planicie. Extraa su agua, excelente, de un pozo natural, muy profundo, al lado del cual haba instalado un torno de mano rudimentario.

Este hombre hablaba poco. Era algo tpico de los solitarios, pero uno se senta seguro con l y confiaba en esta seguridad. Era algo inslito en este pas despojado de todo. No viva en una cabaña sino en una verdadera casa de piedra, en la cual se observaba muy bien como su trabajo personal haba detenido la ruina que haba encontrado a su llegada. Su techo era slido e impermeable. El viento que bata sobre las tejas pareca el ruido del mar en la playa.

El lugar estaba en orden, la vajilla lavada, el suelo barrido, su fusil engrasado; la sopa herva en el fuego. Not ahora que estaba bien rasurado, que todos sus botones estaban slidamente cosidos, que sus vestimentas estaban remendadas con esa minuciosidad que hace invisibles los remiendos. Comparti conmigo su sopa y, como despus le ofrec mi petaca, me dijo que no fumaba. Su perro, silencioso como l, era amable sin ser servil.

Desde el principio qued claro que yo pasara la noche all; el casero ms prximo estaba todava a da y medio de marcha. Y, adems, yo conoca perfectamente el carcter de los raros pueblos de esta regin. Haba cuatro o cinco dispersos, lejos los unos de los otros, sobre los flancos de esas colinas, en los bosquecillos de robles blancos, en el extremo final de las rutas transitables.

Estaban habitados por leñadores que fabricaban carbn de madera. Eran unos parajes donde se viva bastante mal. Las familias, apiñadas unas contra otras en ese clima de una rudeza excesiva, tanto en verano como en invierno, no encontraban escape a sus egosmos. La ambicin irracional alcanzaba proporciones desmesuradas, en un deseo continuo por escapar de ese lugar.

Los hombres transportaban su carbn a la ciudad con sus camiones, luego retornaban. Las ms slidas cualidades se quebraban bajo esta perpetua ducha escocesa. Las mujeres hervan a fuego lento sus rencores. Haba rivalidad para todo, tanto para la venta de carbn como para el banco de la iglesia, para las virtudes que se combatan ente ellas, para la mezcolanza general de vicios y virtudes, sin descanso. Y sobre todo estaba el viento, que, incesante, irritaba los nervios. Haba epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, por lo general homicida.

El pastor que no fumaba fue a buscar un pequeño saco y vaci sobre la mesa una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una despus de otra con mucha atencin, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrec a ayudarle. Me dijo que era asunto suyo. Y lo era, en efecto. Viendo el cuidado que pona en su trabajo, no insist ms. Esa fue toda nuestra conversacin. Cuando hubo apartado una pila de bellotas bien gruesas, cont grupos de diez. Al hacerlo, elimin incluso las muy pequeñas o que estaban ligeramente agrietadas, cuando las examin ms de cerca. Cuando tuvo delante de s cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a acostar.

La compaña de este hombre infunda paz. A la mañana siguiente le ped permiso para descansar all todo el da. Lo encontr muy natural, o, para ser ms exacto, me dio la impresin de que nada podra sorprenderle. Este descanso no era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado y quera saber ms. Hizo salir a su majada y la llev a pastar. Antes de partir, puso en remojo, en un cubo de agua, el pequeño saco que tena las bellotas tan cuidadosamente elegidas y contadas.

Advert que, a guisa de bastn, portaba una barra de hierro del grueso de un pulgar y un metro cincuenta de largo. Haciendo que paseaba para descansar, camin en una ruta paralela a la suya. El lugar de pastoreo de sus animales estaba en el fondo de un valle. Dej a la pequeña majada al cuidado del perro y comenz a subir hacia donde yo me encontraba. Tem que viniera a reprocharme mi indiscrecin, pero no era nada de esto, ese era su camino y me invit a acompañarle si yo no tena nada mejor que hacer. Ascendi hasta unos doscientos metros de altura.

Una vez llegado al lugar que deseaba alcanzar, clav su barra de hierro en la tierra. Hizo as un agujero en el cual meti una bellota, y luego lo rellen. Plantaba robles. Le pregunt si la tierra le perteneca. Me respondi que no. ¿Saba quienes eran sus dueños? No lo saba. Supona que era una tierra comunal, o era posible que fuera propiedad de personas que no le interesaban para nada. No estaba interesado en conocer a los propietarios. Plant as sus cien bellotas, con un cuidado extremado.

Despus del almuerzo, volvi a escoger sus simientes. Supongo que debo de haber estado muy insistente en mis preguntas, pues me respondi. Durante tres años haba estado plantando rboles en esa soledad. Haba plantado cien mil. De stos, veinte mil haban salido. De estos veinte mil, contaba an perder la mitad, por culpa de los roedores o de todo lo que es imposible de prever en los designios de la providencia. Quedaban 10 mil robles que creceran en ese paraje donde nada haba crecido antes.

Fue entonces que comenc a preguntarme acerca de la edad de este hombre. Tena visiblemente ms de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzard Bouffier. Haba tenido una granja en las planicies. Haba vivido su vida. Haba perdido a su nico hijo, luego a su mujer. Se haba retirado a la soledad, donde su nico placer era vivir lentamente, con sus ovejas y su perro. Haba llegado a la conclusin de que esa regin se mora por falta de rboles. Agreg que, no teniendo ocupaciones importantes, se haba propuesto remediar este estado de las cosas.

Como yo mismo, en ese momento, a pesar de mi juventud, llevaba una vida solitaria, saba como tocar con delicadeza las almas solitarias. Sin embargo, comet un error. Mi juventud, precisamente, me haca imaginar un futuro en funcin de mi mismo y de una determinada bsqueda de la felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil rboles seran magnficos. Me respondi, simplemente que, si Dios le daba vida, en treinta años plantara tantos otros que los diez mil seran como una gota de agua en el mar.

Adems, estaba estudiando la reproduccin de las hayas y tena junto a su casa un vivero de hayucos. Las plantitas, que haba protegido de sus ovejas por medio de un vallado, eran muy hermosas. Haba pensado igualmente en los abedules donde, me dijo, haba algo de humedad dormida a pocos metros de la superficie del suelo. Al da siguiente nos separamos.

 


Al año siguiente vino la guerra del catorce, en la que me vi envuelto durante cinco años. Un soldado de infantera apenas puede reflexionar sobre los rboles. A decir verdad, el hecho mismo no me haba impresionado; lo de Bouffier lo haba considerado como un hobby, una coleccin de sellos, y lo haba olvidado.

Al terminar la guerra, me encontr en posesin de una prima de desmovilizacin minscula, pero con el gran deseo de respirar un poco de aire puro. De esta manera, sin una idea preconcebida, salvo la expresada, retom el camino de esas comarcas desrticas.

La regin no haba cambiado. No obstante, ms all del pueblo muerto, divis en la lontananza una especie de bruma gris que recubra las colinas como un tapiz. Desde el da anterior haba comenzado a pensar en aquel pastor que plantaba rboles. “Diez mil rboles -me dije- ocupan un gran espacio”.

Haba visto morir a mucha gente durante cinco años para no imaginar fcilmente la muerte de Elzard Bouffier, en especial cuando, a los veinte, uno considera a los hombres de cincuenta como viejos a los que resta poco de vida. El no haba muerto. De hecho, se lo vea muy vigoroso. Haba cambiado de oficio. No tena ms que cuatro ovejas pero, en cambio, una centena de colmenas. Se haba desembarazado de las ovejas que ponan en peligro sus plantaciones de rboles. Pues, me dijo (y yo lo constat), no se haba preocupado mucho de la guerra. Haba continuado plantando rboles imperturbablemente.

Los robles de 1910 tenan ahora diez años y eran ms altos que nosotros dos. El espectculo era impresionante. Me sent literalmente sin palabras y, como l no hablaba, nos pasamos todo el da en silencio mientras pasebamos por su bosque. Este tena, en tres secciones, once kilmetros en su mxima extensin. Cuando uno recuerda que todo esto haba salido de las manos y el alma de ese hombre, sin recursos tcnicos, uno comprende que los hombres pueden ser tan eficaces como Dios en otros dominios que no sean la destruccin.

El haba seguido su plan, y las hayas que me llegaban al hombro, expandindose hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran tupidos y haba pasado la poca en que estaban a merced de los roedores. Me mostr admirables bosquecillos de abedules que tenan cinco años, es decir de 1915, la poca en que yo combata en Verdn. Les haba hecho ocupar todas las hondonadas donde l supona, con justa razn, que haba humedad a flor de tierra. Eran delicados como adolescentes y muy firmes.

La creacin pareca haber actuado como una reaccin en cadena. El no se preocupaba, l prosegua obstinadamente su tarea, en toda su simplicidad. Pero al regresar hacia el pueblo, vi correr agua por arroyos que haban estado secos desde que el hombre tena memoria. Era la ms formidable reaccin en cadena que yo haba visto. Esos arroyos secos haban llevado agua haca mucho, mucho tiempo.

Algunos de los tristes pueblos de los que he hablado al principio de mi relato estaban construidos sobre los emplazamientos de villas galo-romanas, de las que an persistan huellas; all los arquelogos haban excavado y encontrado anzuelos, en aquellos parajes donde, en el siglo XX, la gente se vea obligada a recurrir a las cisternas para tener un poco de agua.

El viento haba dispersado ciertas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareca, reaparecan los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una especie de razn de vivir. Pero la transformacin se operaba tan lentamente que entraba en lo habitual sin provocar sorpresa. Los cazadores que escalaban esas soledades persiguiendo liebres o jabales haban, por supuesto, constatado el aumento de los arbolitos, pero lo haban atribuido a los caprichos naturales de la tierra. Es por ello que nadie haba tocado la obra de este hombre. Si hubiera sido detectado, hubiera tenido oposicin. ¿Podran acaso imaginar, en los pueblos y la administracin, una obstinacin como aquella, una generosidad tan magnfica?

A partir de 1920, no dej pasar un año sin hacer una visita a Elzard Bouffier. Nunca le vi flaquear ni dudar. ¡Y, por lo tanto, Dios sabe si Dios mismo empuja! No me haba dado cuenta de sus sinsabores. Pero debemos imaginar que, para obtener un xito similar, es necesario vencer a la adversidad y que, para obtener la victoria de una pasin igual, habr que luchar contra la desesperacin. Durante todo un año haba plantado diez mil arces. Todos se secaron. Despus de un año, abandon los arces para retomar las hayas, que brotaron casi mejor que los robles.

Para tener una idea un poco ms exacta de este carcter excepcional, no se puede olvidar que actuaba en una soledad total; tan total que, hacia el fin de su vida, haba perdido la costumbre de hablar. O quizs, es posible, no vea la necesidad de hacerlo.

 


En 1933, Bouffier recibi la visita de un guardabosques asombrado. Este funcionario del gobierno le notific que haba una orden de no hacer fuegos que pudieran poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Ingenuamente, aquel hombre dijo que era la primera vez que vea un bosque que creca solo. Por entonces, Elzard plantaba las hayas a doce kilmetros de su casa. Para evitar el trayecto de retorno, pues ya tena sesenta y cinco años, planeaba construir una cabaña de piedra en el extremo mismo de sus plantaciones. Algo que hizo al año siguiente.

En 1935, una verdadera delegacin administrativa vino a examinar el “bosque natural”. Estaba formada por un gran personaje de la Administracin Nacional de Aguas y Bosques, un diputado y algunos tcnicos. Decidieron que haba que hacer algo y, afortunadamente, nada fue hecho, excepto la nica cosa til: poner el bosque bajo la proteccin del Estado y prohibir el ir y venir de los carboneros. Era imposible no dejarse cautivar por la belleza de los jvenes rboles en la plenitud de su salud. Ellos mismos ejercieron todo su poder de seduccin sobre el diputado.

Yo tena un amigo entre los oficiales forestales que estaban en la delegacin. Le expliqu el misterio. Un da de la semana siguiente nos dirigimos ambos en busca de Elzard Bouffier. Lo encontramos en plena faena, a unos veinte kilmetros del lugar donde haba tenido lugar la inspeccin.

Este oficial forestal no era amigo mo por nada. Conoca el valor de las cosas. Saba permanecer en silencio. Yo ofrec los huevos que haba trado como presente. Partimos nuestro refrigerio en tres y pasamos varias horas en la contemplacin muda del paisaje. El lado del que habamos venido estaba cubierto con rboles de seis a siete metros de altura. Yo recordaba el aspecto del pas en 1913, aquel desierto... El trabajo apacible y regular, el vigoroso aire de la montaña, la frugalidad, y sobre todo, la serenidad del alma, haban dado a este viejo una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. ¡Me pregunt cuantas hectreas ms de rboles cubrira todava!

Antes de partir mi amigo hizo simplemente una breve sugerencia a propsito de ciertas especies a las cuales el terreno pareca convenir. No insisti. “Por una buena razn -me dijo ms tarde-, porque este buen hombre sabe ms que yo”. Al cabo de una hora de marcha, habindose esta idea abierto camino en l, agreg: “El sabe ms que nadie en el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa forma de ser feliz!”

Fue gracias a este oficial que, no slo el bosque, sino tambin la felicidad del hombre fueron protegidos. Hizo nombrar tres guardabosques para su proteccin y los atemoriz para que permanecieran insensibles a todas las gratificaciones que pudieran proponerles los leñadores.

La obra no corri ningn peligro serio, salvo durante la guerra de 1939. Los automviles marchaban entonces con gasgeno, y nunca haba suficiente madera. Se comenzaron a efectuar talas de los robles de 1910, pero estas regiones estaban tan lejos de cualquier red vial, que la empresa result mala desde el punto de vista financiero. Fue abandonada. El pastor no vio nada. Estaba a treinta kilmetros de all, continuando apaciblemente su tarea, ignorando la guerra del treinta y nueve como haba ignorado la del catorce.

 


Vi a Elzard Bouffier por ltima vez en junio de 1945. Tena entonces ochenta y siete años. Yo haba reemprendido entonces la ruta del desierto; pero ahora, a pesar de los estragos que haba causado la guerra en esa regin, haba un autobs entre el valle de Durance y la montaña. Atribu a este medio de transporte relativamente rpido el hecho de no reconocer las escenas de mis primeros paseos. Me pareci tambin que el itinerario me haca pasar por lugares nuevos. Necesit ver el nombre de un poblado para darme cuenta de que estaba, a pesar de todo, en esta regin antaño arruinada y desolada. El autobs me dej en Vergons.

En 1913, este poblado de diez o doce casas tena tres habitantes. Eran criaturas salvajes, se detestaban y vivan de poner trampas para animales; estaban, fsica y moralmente, a poca distancia de los hombres prehistricos. Las ortigas devoraban el entorno de las casas abandonadas. Su condicin careca de esperanzas. No exista para ellos otra cosa que esperar la muerte: situacin que no predispone mucho a las virtudes.

Todo haba cambiado. El aire mismo. En lugar de las rfagas secas y brutales que me haban recibido antaño, soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al agua llegaba de las montañas. Pero, lo ms sorprendente de todo, escuch el verdadero murmullo del agua corriendo en una palangana. Vi que haba sido construida una fuente, y que el agua flua abundante, y que -esto me sorprendi ms an- alguien haba plantado junto a ella un tilo que pareca tener cuatro años, ya grueso, smbolo incontestable de una resurreccin.

Por otra parte, Vergons mostraba evidencias de ese tipo de trabajo para el cual es necesaria la esperanza. La esperanza haba, entonces, retornado. Haban despejado las ruinas, abatido las paredes derruidas y reconstruido cinco casas. El poblado contaba por entonces veintiocho habitantes, cuatro de ellos jvenes parejas casadas. Las nuevas casas, con su revoque an fresco, estaban rodeadas de jardines donde crecan, mezcladas pero en un cierto orden, legumbres y flores, coles y rosales, puerros y dragones, apios y anmonas. Era ahora un lugar donde daba ganas de vivir.

A partir de all, continu a pie. La guerra de la que apenas habamos salido no haba permitido la expansin total de la vida, pero Lazare estaba lejos ahora de ser una tumba. Sobre los bajos flancos de las montañas, vi pequeños campos de cebada y centeno; en lo profundo de los estrechos valles empezaban a verdear algunas praderas.

Slo ocho años nos separaba de esta poca en que todo el pas resplandeca de salud y bienestar. Sobre el emplazamiento de las ruinas que haba visto en 1913, se elevaban ahora granjas limpias, bien enlucidas, que denotaban una vida feliz y confortable. Los viejos cauces, alimentados por las lluvias y las nieves que retenan los bosques, eran remisos a correr. Se haban canalizado las aguas. Al lado de cada granja, en los bosques de arces, los estanques de las fuentes desbordaban sobre los tapices de menta silvestre. Los pueblos eran reconstruidos poco a poco. Gentes de las planicies, donde la tierra era cara, se haban establecido en la regin, aportando la juventud, el movimiento y el espritu de aventura. Se encontraba en los caminos hombres y mujeres bien alimentados, niños y niñas que saban rer y se haba recuperado el gusto por las fiestas campesinas. Si se cuenta la antigua poblacin, menos reconocible desde que vivan mejor, y los recin llegados, ms de diez mil personas deban su felicidad a Elzard Bouffier.

Cuando pienso que un hombre solo, reducido a sus simples recursos fsicos y morales, se bast para hacer surgir del desierto este pas de Canan, me convenzo de que, a pesar de todo, la condicin humana es admirable. Pero, cuando tomo en cuenta la infatigable grandeza del alma y la tenacidad en la generosidad necesaria para lograr este resultado, me siento imbuido de un inmenso respeto por ese viejo campesino inculto que tuvo a bien realizar esta obra digna de Dios. Elzard Bouffier muri apaciblemente en 1947 en el hospital de Banon.

El relato pertenece a Jean Giono y fue extrado del libro “The Best of Permaculture”